lunes, 13 de agosto de 2012

LAS CARTAS DE NOVAGALICIA BANCO: EL VALOR DE PEDIR PERDÓN



“Antes de nada, perdón”. Este es el lema con el que hace unas semanas el presidente ejecutivo de Novagalicia Banco, José María Castellano, y su consejero delegado, César González-Bueno, sorprendían al público a través de un anuncio a modo de carta abierta a la sociedad, convirtiéndose en los primeros directivos de la banca española en disculparse oficialmente ante sus clientes por la mala gestión de su entidad.

En concreto, han pedido "perdón" por "haber comercializado preferentes" entre personas sin “suficientes conocimientos financieros, causándoles así tan graves problemas", además de por "las abusivas indemnizaciones que percibieron algunos de los ex directivos de las antiguas cajas". "Pedimos perdón, también, por algunas inversiones poco prudentes que se realizaron en el pasado", recogía asimismo la misiva. 



Por otra parte, en una rueda de prensa ofrecida para explicar la iniciativa, los dos ejecutivos repitieron en persona ese mensaje, haciendo hincapié en que los errores cometidos corresponden a la etapa anterior a la fusión de las dos cajas gallegas y su conversión en banco; destacando que, aunque ellos no son los responsables de estas acciones, sí lo son de reparar sus perjuicios.


El impacto de esta campaña ha trascendido lo publicitario, convirtiéndose en noticia en todos los medios de comunicación. Que un anunciante pida abiertamente perdón a sus clientes no deja de ser algo poco habitual en un contexto empresarial, y sobre todo en el financiero, donde predominan los mensajes comerciales del tipo “somos los mejores” y la imagen de excelencia e infalibilidad. Para muestra, el botón de Banco Santander, con su último anuncio con el eslogan “Somos el mejor banco del mundo”.



Es evidente que esta extraordinaria estrategia publicitaria ha sido posible debido a la situación de extrema crisis, tanto financiera como de confianza, que atraviesa el sector bancario, especialmente entidades como Novagalicia Banco o Bankia, que han tenido que recurrir a los fondos públicos y europeos para su supervivencia y cuyos clientes han iniciado procesos judiciales y protestas conjuntas para denunciar los presuntos abusos cometidos en la comercialización de productos financieros. Es decir, se han visto forzados a cambiar de raíz el lenguaje y la comunicación utilizada con el consumidor, para adaptarse a la nueva realidad, en la que la reputación de los bancos ha sido degradada casi por completo.


Es por ello que Novagalicia Banco ha recurrido a la humanización, apostando de forma claramente valiente y arriesgada (lo que no está tan claro todavía es que haya sido la decisión más acertada) por reconocer sin ambages las irregularidades del pasado, abordando los temas que de verdad le preocupan en estos momentos a sus clientes particulares. Pero recuperar la confianza perdida es una de las tareas comunicativas más arduas, y muchas veces puede resultar casi imposible. En este caso, la pérdida de confianza afecta a casi todo el sector, factor que puede otorgar a la larga una ventaja para NGB, por ser los primeros en adoptar una posición de humildad que ayude a aportar seguridad a los usuarios.


Esta  acción de Novagalicia parece un primer paso que podría ser muy positivo en un futuro, pero sólo si va acompañado de todo un camino de hechos con los que cumplan las múltiples promesas a las que se han comprometido en el decálogo que cerró la serie de anuncios de disculpa: vender sólo productos sencillos, ser sinceros y transparentes, apoyar a las empresas gallegas y atender las necesidades de las familias (a las que darán, con "prudencia", hipotecas y créditos de consumo), reducir las comisiones, reinvertir en Galicia los ahorros de los gallegos, situar a los clientes en el centro de las decisiones y flexibilizar los préstamos para las personas con dificultades.


No hace falta ser un gran experto en comunicación para saber que palabras y titulares impactantes pierden valor en comparación con los hechos, y que si las promesas publicitarias no se cumplen de forma clara, rápida y eficaz, pueden volverse en su contra y terminar con la escasa credibilidad que tuviese la marca. El valor de esta llamativa campaña se medirá por su capacidad de ir más allá de los anuncios, o lo que es lo mismo, sólo habrá valido la pena si se encuentra una solución real a los problemas de los clientes afectados, a los que la petición de perdón puede sonarles a broma macabra y falta de respeto si no se resarce el daño causado ni se exigen responsabilidades a los gestores culpables.